
Aquí va la segunda tanda. Está más cargada a lo americano, aunque por ahí aparecen europeos. No aparece John Byrne, que detesto y que es una plaga que azota de cuando en cuando la obra de Kirby. No sé. Es lo que es. Mi extraño canon. No hay demasiados chilenos, creo. Lata. Supongo que me redimiré en la próxima.
300. Frank Miller.
Akira. Katsuhiro Otomo.
Alack Sinner: Viet Blues. Carlo Sampayo & José Muñoz.
Alef Tau. Jodorowsky & Arno.
Animal Man: Flesh & Blood. Jamie Delano & Steve Pugh.
Arma-X. Barry Windsor Smith.
Astonshing X-Men. Joss Whedon & John Cassaday.
Astro City (Vol. 1). Kurt Busiek & varios dibujantes.
Atmósfera Cero. Jim Steranko.
Authority: Kev. Garth Ennis & Glenn Fabry.
Bad World. Warren Ellis & Jacen Burrows.
Banner. Brian Azzarello & Richard Corben.
Batman. Legends of the Dark Night: Swords. Matt Wagner & Tim Sale.
Batman/Grendel. Matt Wagner.
Battle Pope. Robert Kirkman & Tony Moore.
Big Guy and Rusty the Robot. Frank Miller & Geof Darrows.
Black Kiss. Howard Chaykin.
Bone. Jeff Smith.
Calvin y Hobbes. Bill Patterson.
Camelot 3000. Mike Barr & Brian Bolland.
Cerebus. Dave Sim.
Checho López. Martín Ramírez.
Corum. Roy Thomas & Mike Mignola.
Crisis en tierras infinitas. Marv Wolfman & George Pérez.
Punisher (Marvel Knights). Garth Ennis & Steve Dillon.
Daredevil (Marvel Knights). Kevin Smith & Joe Quesada.
Deadman. Dennis O’Neill & Neal Adams.
Destroyer Duck. Steve Gerber & Jack Kirby.
Die at Midnight. Kyle Baker.
Doom Patrol. Grant Morrison & Richard Case.
Dragon Head. Minetaro Muchizuki.
Dreadstar. Jim Starlin.
Enemy Ace. Garth Ennis & Chris Weston, Gary Skine.
Enemy Ace. Joe Kubert.
Ernie Pyke. H.G. Oesterheld & Hugo Pratt.
Fantastic Four: 1, 2, 3, 4. Grant Morrison & Jae Lee.
From Hell. Alan Moore & Eddie Campbell.
Give Me Liberty. Frank Miller & Dave Gibbons.
Global Frecuency: Warren Ellis & varios dibujantes
Green Arrow (nueva etapa). Kevin Smith & Phil Hester.
Groo the Wanderer. Sergio Aragonés.
Hellblazer Annual. Jamie Delano & Bryan Talbott.
Hellblazer: Abrázame. Neil Gaiman & Dave McKean.
Hellblazer: Highwater. Brian Azzarello & Marcelo Frusin.
Hellboy: Los lobos de San Augusto. Mike Mignola.
Hellspawn. Brian Michael Bendis & XXX
Human Target. Peter Milligan & Edvin Biukovic.
Inhumans. Paul Jenkins & Jae Lee.
JLA (nueva época). Grant Morrison & Howard Porter.
Joe’s Bar. Carlos Sampayo & José Muñoz.
Judge Dredd Vs Batman. John Wagner, Alan Grant & Simon Bisley.
Judge Dredd: Megacity Blues.
John Wagner, Alan Grant & Simon Bisley.
Kid Eternity. Grant Morrison & Duncan Fegredo.
Kill your Boyfriend. Grant Morrison & Phillip Bond.
Kingdom Come. Mark Waid & Alex Ross.
La hora de la Iguana. Carlos Trillo & Cacho Mandrafina.
La noche del Mocambo. Sergé Clerc.
La sombra. Howard Chaykin & Kyle Baker.
Las 7 vidas del Gavilán. Cothias & Julliard
Las siete vidas del Gavilán.
Liberty Meadows. Frank Cho.
Lobo’s Back. Alan Grant & Simon Bisley.
Los pasajeros del viento.Francois Bourgeon.
Los pioneros de la aventura humana. Francois Boucq.
Love & Rockets. Hernández Brothers.
Mafalda. Quino.
Marvels. Kurt Busiek & Alex Ross.
Mundo sin Fin. Jamie Delano & John Higgins.
New Mutants. Chris Claremont & Bill Sienkewics.
New Statemen. John Smith & varios dibujantes.
Nick Fury: Agent of SHIELD.
Jim Steranko.
Om. Carlos Jiménez.
Paracuellos. Carlos Jiménez.
Planetary: Nigth on Earth. Warren Ellis & John Cassaday
Powers. Brian Michael Bendis & Michael Avon Oeming.
Predicador: El Santo de los Asesinos. Garth Ennis & Steve Pugh, Carlos Ezquerra.
Punisher (Línea Max). Garth Ennis & XXXX
Sandman: Estación de Nieblas. Neil Gaiman & Kelley Jones.
Sandman: Noches Eternas.Neil Gaiman & varios dibujantes.
Sandman: Vidas Breves. Neil Gaiman & Jill Thompson.
Silver Surfer. Stan Lee & Moebius.
Sin City: The hard goodbye. Frank Miller.
Spawn/Batman. Frank Miller & Todd McFarlane.
Spiderman (temporada dark & gritty). Todd McFarlane.
Stratos. Miguelanxo Prado.
Stray Toasters. Bill Sienkewics.
Sword of Azrael. Dennis O’Neill & Joe Quesada.
Tank Girl. Jamie Hewlett.
Terminator: Objetivos Secundarios. John Wagner & Paul Gulacy.
The Demon. Garth Ennis & John McCrea.
The Demon. Jack Kirby.
The Demon. Matt Wagner.
The Ultimates. Mark Millar & Brian Hitch
Thumps and Guts. Kevin Eastman & Simon Bisley.
Ultimate X-Men. Mark Millar & Andy Kubert.
Un poco de humo azul. Pellejero & Lapiere.
Video Clip. Tanino Liberatore.
X-Men: Atracciones Fatales.
Scott Lobdell, Peter David y otros & Kubert Brothers y otros.
X-Men: La muerte de Fénix. Chris Claremont & John Byrne.
Y, The Last Man. Brian K. Vaughn & Pia Guerra.
Zenith. Grant Morrison & Steve Yeowell.

Tres reseñas sobre libros desechables. Haciendo zapping encontré estos tres textos. Los tres me gustan bastante y fueron publicados en la Tercera, hace tiempo. Tienen en común la levedad, la idiotez. El de Bushnell es, obvio, el mejor y me provoca cierta ternura. Nada mejor que un poco de frivolidad pop para acabar con el mes. Dato: cuando el Tila se mató en su celda, mientras escribía su biógrafía o una novela, leía a Danielle Steel.
“Fuerzas irresistibles”, Danielle Steel. Plaza y Janés, Barcelona, 2001. 268 páginas.
La biografía de Danielle Steel posee un dato perturbador: 430 millones de libros vendidos en todo el mundo. Inquietante. La señora Steel (quien luce en la foto de solapa con un look tanto o más glamoroso que el de sus protagonistas) escribe libros donde las cifras revelan más que las palabras. Guste o no se trata de una autora mayúscula de best sellers que no le debe pedir permiso al star system literaria para hacer lo suyo: vender más libros que la Biblia y dotar a los lectores de fantasías efectivas para pasar el rato. “Fuerzas irresistibles” es el último de esos textos publicados en español y no, aquí no hay engaño posible: sabes por lo que pagas. Pagas por emociones sintetizadas en una escritura cuyo atractivo fundamental es la facilidad para un lector no literario. Por la historia del doctor y la ejecutiva cuyo matrimonio se disuelve por problemas laborales en medio del encanto de sus existencias perfectas. Por una escritura que no le tiene miedo al ridículo y apuesta por el sentimiento puro. Por literatura de supermercado perfecta, poderosa y efectiva como una teleserie. Aquí doña Steel conjura la ciencia de Corín Tellado para iluminarla con el lente hollywoodense. “Fuerzas irresistibles” habla de vidas de ensueño que tienen dramas íntimos. Y es lo que sus lectores quisieran leer o vivir. Consumo puro y duro, este es un libro escrito por y para el público. Una obra que posee el encantamiento de una fórmula sintetizada en un laboratorio de emociones. De eso se trata su literatura y Danielle Steel lo hace aquí de nuevo. Ofrece una fantasía a un precio módico. Un combo de emociones al estilo McDonalds, literatura basura que posee saborizantes poderosos: protagonistas atractivos, romances desgarradores y un folletín impecable. Algo que se lee en la micro para creer, por un rato, que se está arriba de un jet.
"4 rubias", Candace Bushnell. Plaza & Janés, Barcelona, 2000. 271 páginas.
Candace Bushnell creó las columnas que originaron la serie "Sex & the city", que hablaba de la sexualidad femenina en una época de aburrimiento absoluto y frivolidad flagrante; los '90, la década de la apatía. Ahí, se podía ser superficial, individualista y no pensar en nada más que los orgasmos. "Sex & the city" trataba de eso. Se refería a las maduras cenicientas de Nueva York, metidas en un juego sexual donde desesperadamente creaban a diario sus propias reglas. Un feminismo de guerrilla aderezado con glamour, cargando bajo la falda técnicas variadas de manipulación sentimental y frases escandalosas que escondían recetas para desterrar la soledad. La misma Nueva York se repite en "4 rubias" pero ahora suena un poco a prehistoria y eso la vuelve una novela atractiva. "4 rubias" es tan light que llega a ser irónica. Contiene cuatro historias separadas unidas por pequeños nexos. Tres de sus protagonistas -Janey, Winnie y Cecelia- viven a medio camino entre el éxito total y la depresión más absoluta: una modelo cuyo código de vida, que define como "feminista", la hace lindar con la prostitución encubierta al conseguir novios fijándose exclusivamente en sus casas de verano; una periodista cuya carrera está enterrada por la falta de aspiraciones de su marido y una princesa que vomita todo lo que come, hastiada del dinero y las páginas sociales. Para todas ellas, el sexo es un arma, los hombres son el enemigo y el matrimonio una trampa atractiva. Todas están carcomidas por la envidia, la depresión y la frustración sexual. Eso hace que "4 rubias" funcione, además de ficción, como un Manual de Carreño deslenguado para señoritas. Un texto de cómo piensan las mujeres cuando no están presentes los hombres. En ese sentido, "Un proceso singular", la última parte es perturbadora: un periodista que viaja a Londres para investigar la vida amorosa de los solteros y vivir en carne propia un jet lag sexual. Con ella, la escritura de Candace Bushnell consigna el vacío de manera feroz. Ahí radica la sustancia de sus relatos. Es rápida y mortal. Sin compasión por sus personajes o eventuales lectores. Llena de mala leche frente al hecho de ser mujer y morir en el intento. Algo divertido de leer porque Nueva York y sus alrededores eran, hasta hace tres meses, un escenario ideal para esbozar estas historias despiadadas sobre mujeres aterrorizadas por su propio éxito. En ese contexto, la cultura fashion era un índice de cómo iban las cosas en el mundo y la Bushnell, una cronista especialmente dotada en las artes de la observación: la narración de la guerra de los sexos escondida en cada rumor, comentario o gesto, con la frivolidad como una ideología más poderosa que los talibanes. Eso es lo mejor de "4 rubias", lo que la vuelve una obra saludable, casi nostálgica, al remitir al mejor de los pasados recientes, a una época en que los aviones no caían en llamas y la bulimia podía ser considerada un estilo de vida.
“El cristal del miedo”, Marcela Serrano y Margarita Maira Serrano. Ediciones B, Santiago, 2002. 60 páginas.
Un lector perspicaz podría detectar que en “El cristal del miedo” de Marcela Serrano y su hija Margarita Maira Serrano está siguiendo el ejemplo de Isabel Allende con “La ciudad de las bestias”. Puede ser. Los dos textos poseen similitudes en varios planos: ambos son armados por autoras de best sellers de cuño feminista, ambos son novelas infantiles/juveniles y ambos reintepretan un tópico clásico del género para llenarlo de un contrabando ideológico moderno. No es una mala idea, aunque se cae a pedazos en el momento de la lectura de “El cristal del miedo”. La razón es intolerablemente estúpida: a pesar de sus ilustraciones exquisitas de Jesús Gabán, su diseño cuidado y el aspecto de regalo de Pascua perfecto, la última obra de Marcela Serrano ejecuta a la perfección todos los errores de su obra anterior y agrega otros nuevos. La historia: una mucama que quiere escapar de la tiranía paterna se pone a trabajar al servicio de un misterioso Marqués que fabrica collares de cristal que contienen el miedo de la gente. El Marqués sufre por eso. La mucama lo comprende y lo aprende a querer. Hay feminismo básico, turbas ennardecidas y mensajes de autoayuda. De este modo, lo anterior apunta a tres cosas a) la reescritura del tópico del monstruo sensible que partía en “Frankestein” de Mary Shelley y terminaba en la lírica posmoderna–al que el texto debe demasiado- de “El hombre con manos de tijera” de Tim Burton. b) un cuento de hadas global diseñado para hijos disfuncionales de madres progre. Y c) una novela infantil que quiere posar de una profundidad que no posee. Ojo con el último apartado. Más allá de los referentes obvios y las intenciones políticas, Serrano/Maira están haciéndose cargo de una tradición donde justamente es la ambigüedad lo que abre paso a las diferentes lecturas. Un cuento infantil (léase a los hermanos Grimm, C.S. Lewis o Marcela Paz) nunca revela nada sino que deja que el lector atento descubra la capacidad simbólica del texto. En “El cristal del miedo” está todo a la vista: los hombres son vulgares y viles, las mujeres subyugadas y el antihéroe pálido, sensible y andróginamente gótico. El pavor de lo innombrable es reemplazado por la violencia intrafamiliar y la lucha de clases –y ese es un tema de la Serrano siempre- un problema de sensibilidad estética. Así, Serrano/Maira desandan el camino que Isabel Allende había abierto con “La ciudad de las bestias”: reinterpretar un referente clásico con códigos propios. Por el contrario, “El cristal del miedo” restringe esas citas a un panfleto. Para los lectores/as adictas a la Serrano no tiene mucha novedad salvo que su autora busque otro público para decir lo mismo de siempre. Para los que buscan una novela infantil, no hay más que decir: hay un Harry Potter o una Isabel Allende en cada esquina.

Una vieja crítica de “Plataforma”, ahora que “La posibilidad de una isla” se lanza el 31 de agosto. Dato mutante: Houellebecq es amigo íntimo de Rael, el líder de los “raelianos”, una extraña secta fundada por un periodista deportivo/cantante pop –creo- abducido en los 70 y que entre sus demandas está la exigencia a la ONU de una embajada para los extraterrestres en Israel, el aviso del logro de la primera clonación humana, ademas –y esto es lo inquietante- la detención de algunos miembros belgas del grupo por un escándalo de pedofilia. Raro todo: es como Jonathan Franzen se hiciera amigo de David Koresh. O Phillip Roth de Antón LaVey. Nota 0: Houellebecq ya había hablado de los raelianos en “Lanzarote”. Nota 1: le pasé mi copia de “Plataforma” a un viejo amigo heavy metal y nunca me la devolvió. Nota 2: no la echo de menos.
Puede ser raro, pero la mejor novela romántica del siglo XXI no la ha escrito Danielle Steel sino Michel Houellebecq: “Plataforma”, a pesar de la ultraviolencia, los comentarios racistas y la visión denigrante e individualista sobre la sociedad moderna, es una historia de amor y de las buenas. Torcida, pero con una anécdota casi sacada de una canción pop: chico conoce a chica, son felices, planean un futuro juntos y luego chica muere. Eso, con una salvedad, chico y chica practican menages a trois, parasitan del consumo y viajan al tercer mundo como una Disneylandia sexual que el europeo medio está listo para tomar por asalto. En “Plataforma” Michel Houellebecq ha dejado el tono mesiánico/nihilista que animaba a “Las partículas elementales” (la mejor novela narrada alguna vez por un clon) y la rabia existencial de “Ampliación del campo de batalla” (un relato triste, que mezclaba a Camus con los computadores McIntosh) para centrarse en las infinitas variaciones del amor en el nuevo siglo. Pero, ojo, no es una novela erótica. Hay demasiada carne expuesta como para glorificar al cuerpo. Mucho hardcore y carnaza. Los protagonistas se mueven entre talibanes, sadomasoquismo y masajes tailandeses servidos por prostitutas adolescentes. Bombas, balas,miembros cortados, masacres y orgías varias en las naciones con menos derechos humanos del mundo, pero con más turismo sexual, Cuba y Tailandia. ¿Extremo?. Por supuesto. “Plataforma” es una extraña mezcla de sociología, pornografía y novela de tesis. Narrada en primera persona, en ella Houellebecq ha llevado sus procedimientos a tal nivel que hace aparecer a la literatura como una la única herramienta capaz de indagar en la zona más oscura de la modernidad: la relación entre la globalización y el deseo de los ciudadanos que la viven y ejecutan. Lo gracioso es que tampoco es tan nuevo. La novedad de “Plataforma” disfraza una obra naturalista clásica, con el libro dispuesto a probar una hipótesis en tanto sistema de denuncia social, como si Emile Zola o Augusto Comte desearan desesperadamante a alemanas bisexuales con piercing en los pechos. Así, “Plataforma” no es un texto agradable ni bonito. Houellebecq ha sido acusado de xenofobia por su tratamiento del Islam y de misógeno por su mirada sometida de la mujer. Eso está ahí, es innegable, aunque no quita lo otro. Por el contrario, lo vuelve más complejo mientras reivindica esa utopía que, por ejemplo, Andrés Calamaro transformó en su hit más manido: no se puede vivir sin amor. De este modo, el texto posee la peor y más efectiva de las poesías porque conmueve al lector y lo remece. Lo obliga a pensar en lo que desea y cómo lo desea, obligándolo a dudar entre enviar la novela a la hoguera o utilizarla como vara para medir la literatura que viene.

La semana pasada Sergio Coddou (mauberley.blogspot.com) se volvió loco y empezó a armar una lista de sus 500 discos preferidos. El proyecto era tan gratuito como desesperado. Y consiguió completarlo. Y esa manía freak de ordenar se me pegó como un virus, como si fuera uno de los personajes de “Alta fidelidad”. El proyecto de las dos próximas semanas: mis 300 comics favoritos. Nota 1: no voy a ser tan ortodoxo como Coddou así que sí se van a repetir autores y títulos de revistas. Nota 2: no voy a hacer un canon de libros porque para eso está Harold Bloom. Nota 3: esto es extraño y delirante y demasiado personal –o biográfico-. Nota 4: cabe todo, desde series completas hasta unitarios y cómics de relleno. Nota 5: esto no es el canon, es MI canon.
Adolf. Osamu Tezuka.
Alack Sinner: encuentros y desencuentros. Carlos Sampayo y José Muñoz.
Albertito (Le jeune Albert). Yves Chaland.
Alvar Mayor. Carlos Trillo & Enrique Breccia.
Animal Man: el evangelio del Coyote. Grant Morrison & Chag Troug.
Asterix y Cleopatra. Uderzo & Goscinny.
Batman: Arkhan Asylum. Grant Morrison & Dave Mckean.
Batman: Broken City. Brian Azzarello & Eduardo Risso.
Batman: Mad Love. Paul Dini & Bruce Timm.
Batman: Year One. Frank Miller & Dave Mazzuchelli.
Battle Angel (Alita). Yukito Kishiro.
Blacksad. Juanjo Garrido & Juan Díaz Canales.
Blondi. Lautaro Parra.
Boogie el aceitoso. Roberto Fontanarrosa.
Brian the Brain. Miguel Angel Martín.
Buscando a Hoover. Carlos Trillo & Leonardo Manco.
Cages. Dave McKean.
Caín. Ricardo Barreiro y Eduardo Risso.
Cibersix. Carlos Trillo & Carlos Meglia.
Concrete. Paul Chadwick.
Death: Time of your life. Neil Gaiman & Chris Bachalo/Mark Buckingham.
Delirius. Phillipe Driullet.
Den. Richard Corben.
Devilman. Go Nagai.
Domu. Katsuhiro Otomo.
El ave que surgió del polvo. Caza.
El Borbah. Charles Burns.
El Octavo Día. Daniel Torres.
El cuarto reich. Palomo.
El Dios Celoso. Jodorowsky & Cadelo.
El eternauta. Vol 1. H.G. Oesterheld & Solano López.
El Incal, Vol 1-6. Jodorowsky & Moebius.
El Quijote. Chiqui de la Fuente.
Epicurus, el sabio. William Messner Loebs & Sam Kieth.
Evaristo. Carlos Sampayo & Francisco Solano López.
Ex-Machina. Brian K. Vaughn & Tony Harris.
Ficcionario. Horacio Altuna.
Green Lantern/Green Arrow, números 76-89 . Dennis O’Neil & Neal Adams.
Grendel. Matt Wagner.
Hard Boiled. Frank Miller & Geof Darrow.
Heartland. Garth Ennis & Steve Dillon.
Hellblazer: Hábitos Peligrosos, Números 41-46. Garth Ennis &
Historias de la taberna galáctica. José María Beá.
Hitman (serie completa).. Garth Ennis & John McCrea.
Kubrick y Clarke: Espacialistas. Alfonso Font
La Casta de los Metabarones. Jodorowsky & Juan Jiménez.
La Flauta Mágica. P. Craig Russell.
La macarra del espacio. Tramber & Jano
La mujer trampa. Enki Bilal.
La ruta de la Medusa. Pasqual Ferry.
Las aventuras de H.P y Giussepe Bergman. Milo Manara.
Las linternas rojas (Corto Maltés en Siberia). Hugo Pratt.
Lo mejor de sí mismo. Vuillemin.
Lone wolf and cub. Kazuo Koike & Goseki Kojima.
Los 4 Fantásticos, primera etapa. Stan Lee & Jack Kirby.
Los mitos de Chtulhu. Carlos Trillo & Alberto Breccia.
Madman. Mike Allred.
Mara. Enric Sió..
Maus. Art Spiegelman.
Mort Zinder. H.G. Oesterheld & Alberto Breccia.
Mr. Mamoulian. Brian Bolland.
Mundo Fantasma. Dan Clowes.
Nexus. Mike Baron & Steve Rude.
Odio. Peter Bagge.
Parque Chas. Ricardo Barreiro y Eduardo Risso.
Partida de caza. Pierre Christin & Enki Bilal.
Perramus. Juan Sasturain & Alberto Breccia.
Peter Punk: Punkdinista. Max.
Planetary. Warren Ellis & John Cassaday.
Polenta con pajaritos. El Tomi.
Predicador (la serie completa). Garth Ennis & Steve Dillon.
Ranxerox: Feliz Cumpleaños Lubna. Tamburini & Liberatore.
Rapaces (serie completa de álbumes). Dufaux & Enrico Marini.
Rising Stars. J. M. Straczynski & Keu Cha, Bret Anderson y otros.
Roma la Loba. Enrique Lihn.
S.O.U.L. Fernando de Felipe.
Santiago tiene playa. Huevo Díaz & Yo-Yó.
Savage Dragon. Erik Larsen.
Sin City: Valores Familiares. Frank Miller.
Spawn, Vol. 1. N° 10. Dave Sim & Todd McFarlane.
Starman. James Robinson & Tony Harris.
Superman: Red Son. Mike Millar & Dave Johnson.
Swamp Thing (primera época). Lein Wein & Berni Wrigthson.
The Authority, Vol 1, números 13-29. Mark Millar & Fran Quitely, Art Adams, Chris Weston.
The Fabulous Freak Brothers. Gilbert Shelton.
The Invisibles: Entropy in the U.K. Grant Morrison & Steve Yeowell, Phil Jimenez y otros.
The Long Tomorrow. Dan O’Bannon & Moebius.
Thrash Comix N° 3. Jucca.
Torpedo 1936. Abulí & Bernet.
Torso. Brian Michael Bendis.
Transmetropolitan. Warren Ellis & Darick Robertson.
Trazo de tiza. Miguel Angel Prado.
Valentina. Guido Crepax.
Venecia celeste. Moeubius.
Video Girl Ai. Masakazu Katsura.
Wanted. Mike Millar & J.G. Jones.
Watchmen. Alan Moore & Dave Gibbons.
X- Statix. Peter Milligan & Mike Allred.
X-Men: E is for Extintion. Grant Morrison & Frank Quitely.
Freak. El Comelibros de hoy tenía una errata. Se me pasó en la corrección y luego se le pasó al corrector también. Duendes. Trolls en la escritura. Gremlins. Hobbits. Ghoulies. Mala suerte. Aquí va corregida, creo.
Tengo un amigo que se compró una casa en Valparaíso y luego pintó un mural en el patio. En el mural, América aparece dada vuelta. El Norte al Sur y el Sur al Norte. Se ve raro. Como un viejo chiste de Mafalda. O una vista de la luna. Pero es una buena idea, por lo menos en términos lectores: leerlos como ellos nos leen a nosotros. Ver cómo los hemos influido. No es una idea delirante. Basta pensar en el canon norteamericano reciente, que además de ajustar cuentas con los non santos patronos de su propia casa (Mr. Roth & Mr. Pynchon & Mr. DeLillo) también parece citar recurrentemente a nuestros escritores locales. Eso es algo que podemos ver en Auster o Eugenides que le deben al peor boom –en su cóctel de mal gusto, lírica, fantasía y exotismo- más de lo confesable.
Raro, pero no tanto. El mismísimo Gabriel García Márquez confesó hace tiempo que fue Graham Greene quien le enseñó a entender –y a escribir- del trópico. Por supuesto, este ir y venir es una ironía, porque mientras nuestros narradores vienen –hace veinte o treinta años- abjurando del Macondo como un pasado dictatorial del que hay que escapar u olvidar, para lucir desarrollados o ejecutar vudú y parricidio; en manos de Jeffrey Eugenides éste se le convierte en un modo ideal para organizar su relato. Y le sale tan bien que va y se gana el Pulitzer de la temporada.
Antes, en la prehistoria, durante el XIX, nuestros mitos de origen eran versiones desviadas o anoréxicas de los movimientos europeos. Blest Gana quería ser Balzac, pero yo no sé si Zola escuchó alguna vez hablar de un tal Sarmiento. Por eso, digo yo, habría –en una sugerencia lectora- invertir las cosas y buscar nuestras huellas y modos de narrar en el canon literario yanqui de moda. Habitantes de ese mapa ficticio de mi amigo, podríamos dar vuelta las cosas como sutil revancha, como juego. Ejemplos: leer “Desde mi cielo” de Alice Sebold, como “La amortajada” de María Luisa Bombal con asesino serial incluido; mirar “Las correcciones” como la versión Clinton de “Conversación en la Catedral”; y entender a “Middlesex” de Eugenides como “Cien años de soledad” narrad por el bebé con cola de cerdo, desde Berlín y con ropa de diseño.
Pero por otro lado, leído desde otra frontera, el realismo mágico tal vez no sea más que una colección de códigos pop, unos cuantos clichés exportables que –mercado, académicos y exiliados- viajaron a las tierras del norte tal y como lo hizo Cristián de la Fuente. Diluidos como el parque temático de esa “utopía del atraso”, como la llamó Juan Villoro, se trataría de estrategias de la ficción –ciertos temas, adjetivaciones y colores locales- sometidos a un tráfico de influencias que, más que leerse como que como una académica teoría –poscolonial- de la fronteras, parezcan una comedia de equivocaciones.
En esa comedia, se trataría de libros y lectores que se persiguen para no encontrarse jamás; de escritores leyendo pistas falsas y construyendo interpretaciones excéntricas; de mundos paralelos que no alcanzan ni siquiera a rozarse. Una sátira que, por supuesto, ya protagonizó Borges. Porque Borges leyó primero el Quijote en inglés y siempre consideró que el original de Cervantes no estaba a la altura de la traducción. En esa boutade borgiana hay, de pronto, una suerte de paradoja que me recuerda al presente. Al fin y al cabo y a lo mejor las mejores novelas latinoamericanas ahora se están escribiendo en inglés; tal vez la gran novela americana ya la hayamos escrito, desde acá, nosotros.

Bruce Dickinson, Iron Maiden.
“El maestro dice que es Mozart, pero suena a chicle”, canta Leonard Cohen en “Waiting for the miracle”; una frase que puede resumir lo que pasa cuando disfrazamos de poetas sublimes a meras estrellas pop –como Arjona, como Morrisey- cuya principal gracia es, obvio, ser estrellas pop. Las excepciones son contadas. Como literatura pura y dura, la música puede ser una fuente de agua turbia donde brillan a ratos peces de colores. Los mejores ejemplos son artistas como Leonard Cohen y Nick Cave, gente que ha urdido piezas perfectas que podrían incluso, gustarle a Harold Bloom. Pura poesía: “Hay una sala de conciertos en Viena/donde tu boca pasó un millar de pruebas./Hay un bar donde los muchachos han parado de hablar./ Han sido sentenciados a muerte por las azules melancolías del blues./ Ah ¿ pero quién es que asciende hasta tu retrato con una guirnalda de lágrimas recién cortadas ?” (“Take this waltz”, Cohen); “Por nuestro amor devuelve todas las cartas./ Por nuestro amor un San Valentín de sangre./Por nuestro amor deja que todos los amantes plantados lloren/ La gente simplemente no es buena”. (“La gente no es buena”, Cave).
Y hay más. Están Dylan (candidato eterno y secreto al Nobel), Lou Reed, Tori Amos o los Sonic Youth adaptando a Ginsberg o citando a William Gibson. En Chile, aparte del canon de Violeta Parra y Víctor Jara se me ocurren pocos letristas de fuste más allá de héroes irregulares como Jorge González y uno que otro trovador profesional como Payo Grondona. Disparo un par al vuelo y elijo el riesgo y la excentricidad por sobre el lirismo clasicista de tipos como Alberto Plaza o Keko Yunge. El primero es Mauricio Redolés, quien en el imprescindible “Bello Barrio” (1987) mezclaba poesía política, punk y los paisajes de Londres y Santiago con una desolación y una fuerza inédita en nuestra tradición cultural, ya sea literaria o musical. Redolés lo repetiría en “¿Quién mató a Gaete” (1996), tal vez la mejor crónica escrita de la transición chilena porque al tal Gaete “lo mató la Corte Suprema o murió de pura pena/ Lo mataron los nuevos tiempos (...)“Lo mató el Fondart/ no tenía pituto la falta de tuto/Murió en la inopia se suicidó en defensa propia/ Murió sin ayuda fue la Fundación Neruda/ Lo mató el king-kong lo mató el bam-bam/ Lo mató el big-bang murió en sing-sing/ /Diagnóstico trombosis/ lo mató el Fosis / fue una sobredosis”
Extremo, Rodrigo “Pera” Cuadra, comentarista de films bizarres y cabeza de Dorso, experimenta con el lenguaje más que la mitad que todos esos poetas hip-hop/jóvenes que aparecen en la cacareada antología de Zurita y en “Desencanto General”. Cuadra escribe canciones en una mezcla de castellano y spanglish que cita al cine gore pero que no olvida el paisaje del Mapocho. Es poesía apocalíptica y sin sentido, hecha con bestialismo cinéfilo , un pastiche literario más efectivo que todas las canciones clones de Roberto Parra hechas por Alvaro Henríquez. Es verdadera y barata vanguardia pop, un chicle que sabe a Mozart: “from the space algo se acerca/underground coming the bestias/to destroy todo el planeta/dinosaur ultra charcheta/Preparen cohetes y manga de tanques/rayos destructivos no quedamos vivos/Mission destruir maquetas/con las garras y aletas/el traje tiene cierre/Big monsters black and verdes” (“Big monsters aventura”, 1994)


Data del 3 de abril: los pedazos recuperados del diario que llevé cuando Murió el Papa, que es popr supuesto es pop y hereje. La imagen corresponde a Battle Pope, un extraño e idiota e iconoclasta comic de Robert Kirkman y Tony Moore, de Image, la editorial de Powers y Spawn.
2-. Releer a Dan Brown, ver a Mel Gibson. Chequear por un lado la agonía del Papa como un martirologio armado al estilo de Mel Gibson y su final en “Corazón Valiente”, donde el espectador ve como es torturado y muerto, en una especie de escena filmada con cero capacidad épica pero sí con un tono sagradamente masoquista. Por otro, nada más divertido –o entretenido: la política vaticana tiene ese tono de drama televisivo impecablemente filmado para el canal Hallmark- que seguir el luto y esperar el cónclave como si fuera un pequeño best seller de traiciones, de vacíos de poder, de asesinatos de imagen mutuos. Nada divino en eso sino humano: el Vaticano como el decorado de un libro con aspiración de mega-best seller los efectos especiales reemplazan la espiritualidad, donde la fe es una palabra vacía, donde los susurros son una especie de lenguaje que antecede un clímax narrativo. La imagen del Papa muerto no como una reliquia sino como una postal algo gore: basta pensar en “Angeles y demonios” de Brown y esa tumba profanada de un pontífice envenenado y con la lengua negra. O sea, esperar por estos días un apocalipsis de bolsillo. O una bomba cuántica enterrada en el sepulcro de San Pedro. O un Papa negro. Osama ya lo hizo: vio las películas producidas por Jerry Bruckheimer y actuó en consecuencia.
6-. Ver la moda como estrategia semiótica. No sé si signifique algo pero estudié en colegio católico que era medio progre. Recuerdo a un cura choro que andaba en moto, no ocupaba sotana y tenía un jeep. Tenía el pelo largo y se lo cuidaba con cierta dedicación pastoral. Buen look, que evangelizaba y además andaba a la moda: parecía querer imitar a Cristo pero en realidad podía haber hecho de modelo en un comercial de shampú.
6 1/2-. Pensar en ciertos obispos o cardenales como pornógrafos que aún no salen de closet. Una anécdota de Medina: compró decenas de revistas porno y se las mandó de Frei Jr. desde Valparaíso, ahí por la mitad de la década de los 90. También –eso es destacable- se preocupó por el urgente problema del satanismo: evitó la venida de Iron Maiden.
9-. Repasar el Daily Telegraph y todo eso de que el Papa se murió antes. Todo lo demás es un engaño. Efectos dramáticos. Más imágenes y estrategias fatales para evangelizar. Nada mejor que un holy-reality contemplado por múltiples espectadores alargando sus temporada por los siglos de los siglos y amén, o por lo menos hasta donde se pueda.
10-. Volverse delirante, sospechar de lo aprendido. Me lo cuenta un escritor autoeditado que además es ufólogo y teólogo y representante/manager de un tal Danilo Presley, vidente contactado en el que se encarna el Angel Miguel (que además es un extraterrestre): Medina es la reencarnación del soldado que le clavó la lanza a Cristo en la cruz. Me dice que se lo fueron a decir al obispado de Valparaíso, allá por la lejana década de los 90. Luego agregó: todos los jerarcas del Vaticano son en realidad soldados romanos reencarnados, están ahí para expiar sus culpas, para cambiar y purgar sus conductas. Y lo saben. Me cuenta que se lo dijeron a Medina en su cara. Me dice que les creyó pero no les dijo nada o se hizo el leso. Los recibió en todo caso. Tesis conspirativa, en todo caso y si fuera cierto: ¿qué diablos hace un arzobispo recibiendo a un vidente de medio pelo que además se hace llamar Presley, en homenaje al Rey de Reyes del Rock and Roll?
12-. Recordar que estamos en campaña. Gestos que hacen la diferencia. Una de Lavín, que es del Opus: cuando va en auto pide que le cambien la radio en el momento justo que tocan una canción que le gusta. O sea, un martirio cotidiano, una suerte de silicio radiofónico.
15-. Releer a Fernando Vallejo, Premio Rómulo Gallegos, enemigo personal de Juan Pablo II y escritor colombiano: “Detesto la samba. La samba es lo más feo que parió la tierra después de Woytila, el cura Papa, esa alimaña, gusano blanco viscoso, tortuoso, engañoso. ¡Ay, zapaticos blancos, mediecitas blancas, sotanita blanca, capita pluvial blanca, solideíto blanco! ¿No te da vergüenza, viejo marica, andar todo el tiempo travestido como si fueras a un desfile gay?. En esas fachas te va agarrar un día la Muerte”.
16-. Mirar graffitis. Alguien lo ha estado escribiendo de manera algo insistente por las iglesias de Valparaíso: “La únika iglesia ke ilumina es la ke arde”. Está rayado en el costado de la Parroquia San Luis, en el Cerro Alegre, iglesia cinematográfica que aparece en un film de Aldo Francia (“Ya no basta con rezar”) donde nuestro doctor recoge todo lo que olvidará luego el pontificado de Juan Pablo II: la ideología del Concilio Vaticano II aplicada a la vida cotidiana de la UP, todo eso con la escenografía del puerto para contar la historia de un cura que sale de las casas de los ricos y entra a las casas de los pobres y sufre a mitad de camino y en ese trayecto recupera su propia fe. La última imagen es total: el cura se agacha y levanta una piedra para lanzársela a la policía en medio de una manifestación. Ahí termina la cinta. Se congela. Bonus track: después del 73 Francia no filmó más películas, se quedó mudo y sus dos largos, por supuesto, se transformaron en el evangelios neo-realistas del cine nacional.
17-. Leer “Predicador”, una de las mejores historietas de los últimos diez años. Un un cómic deliciosamente profano a cargo de Garth Ennis (irlandés) y Steve Dillon (inglés). Ahí, Jesse Custer, un reverendo alcohólico de una pequeña iglesia de Texas es poseído una entidad mitad angel, mitad demonio y de paso, incinera a 200 fieles en medio de un sermón dominical. El cómic es delirante y entrañable y cura casi 70 números: Custer viaja con su novia y una amigo vampiro (que prefiere la cerveza a la sangre) por América, en busca de Dios, para hacerle pagar –a golpes- por perpetrar el dolor del mundo. Escenas claves: resurrecciones al por mayor, ángeles cocaínomanos, el último descendiente de Cristo (que es un deficiente mental), un par de rituales de peyote y vudú, un villano (de una secta que quiere a Custer como el próximo mesías y controla en sombras al mundo), un cantante de rock que es un adolescente fan de Nirvana que se ha volado la cabeza para parecerse a Cobain y un pistolero inmortal, una especie de ángel de la muerte llamado el Santo de los Asesinos, que está sacado de un film de Leone o Eastwood que posee unos revólveres Colt que pueden matar todo, literalmente todo. Escena final: el Santo asesina a la hueste celestial completa y espera a Dios que vuelve al cielo. Hablan. El Santo de los Asesinos le dispara, termina la aventura y el Santo (que está agotado de tanta muerte) se sienta -¿final abierto donde un Dios más humano, más real, menos vanidoso se hace cargo de la creación?- en el trono.

“Así que caminé hacia delante, por una falsa senda dorada mientras se me aparecían misteriosos espectros que me mostraban, más allá de una colina, el cementerio. Me detuve. Pensé qué había pasado mientras una pequeña pero cósmica revelación me vino a la cabeza. Me pregunté cómo y por qué había muerto. Era confuso. Le hice frente a la duda. Me compuse aunque, en realidad, estaba paralizado, detenido en un falso sendero amarillo, donde nuevamente fui confrontado: una potente fuerza demoníaca que me dijo que era el diablo y que me habló con una voz que era lava ardiente saliendo del cráter de un volcán. Así que dije: Señor, ayúdame porque estoy atrapado en alguna clase de infierno. Pero lo solucioné. Recordé que no creía ni en el cielo o en el infierno, o en Dios y el demonio, en mundos o realidades paralelas. Y funcionó. Recuperé el control de nuevo. Así que seguí avanzando por ese camino amarillo, temblando de miedo mientras leones y magos se me acercaban. A lo lejos, se elevaban montañas de plata y arriba una voz –otra- murmuró una impecable respuesta a todo, desde la luna: “por favor perdóname, nunca pretendí hacerte daño”

Banzai
Ahí están los japoneses. Les lanzaron una bomba que parecía salida de un mal libro de ciencia ficción. La bomba destruyó su orgullo y ellos –como venganza- nos colonizaron de vuelta en los 60 años siguientes. ¿El método? Un imaginario lleno de rituales inverosímiles y dinosaurios radiactivos verdes que lanzaban fuego por la boca y peleaban contra polillas espaciales de cartón piedra, en eternos clímax irresolutos, con patadas asesinas estiradas como chicle o rayos láser que le suspendían las catarsis a sus héroes andróginos. Lugares comunes que parecían ficciones arrancadas de nuestros sueños violentos o nuestras dulces pesadillas. Una literatura que apenas éramos capaces de entender. Y nos doblaron la mano con eso. Se metieron en nuestras cabezas sutilmente, sin posibilidad de vuelta. Gente como ese tal Kazuo Ishiguro, que escribió –en inglés impecable- sobre una mansión británica y un mayordomo/siervo devastado; sonaba tan Booker Prize pero era en realidad japonés. O el tal Yukio Mishima, masoquista perverso –extasiado con el San Sebastián de Guido Reni- que no se sentía capaz de ser alistado para la guerra; en un avance disléxico de su propia batalla privada –milicia personal mediante- donde secuestraría –vestido con un uniforme de diseño propio- a un general. Su cabeza –obvio- rodaría con elegancia dramática nipona. Habría sangre. Una sangre correría cuesta abajo por las mismas calles que Katsuhiro Otomo dibujaría años después en “Akira” como los apuntes de un futuro nuclear, pero que eran postales perfectas de un presente monstruoso.
Pero pensar en ellas, intentar entender esas imágenes, esas historias es un espejismo peligroso, porque como bien dice Juan Forn -mientras lee a Haruki Murakami-, “¿cómo sumergirse en los abismos de la psique de una nación que históricamente ha sometido toda subjetividad a los rituales de la más incuestionable disciplina, en el terreno militar, laboral, social y religioso?”. Así, leemos sobre Japón como quien ve una película muda que carece de significado concreto. Ficciones de un país fantástico o imposible, un lugar donde somos bárbaros, iletrados. Creo que alguien se lo dice así a Marguerite Duras en “Hiroshima, mi amor”. Le dicen: nunca entenderás Hiroshima. Le dicen: no somos lo que piensas que somos. No sé que respondería la Duras. Tal vez Vila-Matas lo sepa. No lo creo.
Son días raros: se cumplen 60 años desde que los americanos lanzaron la bomba y les deformaron la cara a ellos pero también a nosotros de vuelta. Hiroshima es nuestro espejo. Adorno dijo que no podía haber arte después de Auswitch. Yo digo que después de Hiroshima sólo se puede escribir ciencia-ficción. Los japoneses lo comprendieron bien. Enterraron a sus muertos, se tragaron las cenizas del plutonio y se sacrificaron para encarnar a nuestro futuro. Su literatura viene de otro planeta y nosotros nos perdemos en la traducción, como en esa película llena de falso zen de Sophia Coppola. No nos queda otra. Pero a veces también nos encontramos: mientras escribo esto termino de leer “El maestro de go” de Kawabata, la crónica de un legendario encuentro entre dos jugadores de Go, el ajedrez samurai. Todo Japón está ahí: la resaca del fin de la era Meiji, la guerra venidera, un minimalismo filoso y triste. Y si se lee bien, uno se enfrenta a una road movie lánguida sobre la inminente muerte de una cultura: el devenir del Shusai Honnimbo, un héroe terminal por una larga lista de posadas y hoteles, donde demuestra la excelencia de su juego mientras espera -sin saber- el fin del mundo entre el sonido de las cascadas, el olor del té, la lluvia y el silencio.
-zero-
Enrique Lihn se muere. Es el año 1988 o 1989 y todo está cambiando en Chile. Claudio Bertoni se encuentra con Nicanor Parra en el pasillo del hospital donde Lihn agoniza. Se saludan o se hablan. Parra está celoso de unos celos parrianos porque ese título debió de habérsele ocurrido a él y felicita a Bertoni por un libro llamado “El cansador intrabajable”. La anécdota no es menor: Lihn agoniza, Parra conversa con Bertoni. Los últimos cincuenta años de la poesía chilena explotan -como un susurro, como una broma , como la enfermedad de un poeta, como el silencio de hospital, como la presencia de la muerte o de la nada- en ese pasillo.
-uno-
Bertoni, por Lihn, en algún momento perdido de la dimensión desconocida de los años 80: “Su poesía hecha de fragmentos de un diario incesante -work in progress- de un implosivo, explosivo y acumulativo proceso de maduración, calla porque se mueve, casual y libremente, en el mundo de las relatividades (..."del revoltijo y la mentira") negándose a la falsedad de la trascendencia y de ciertos saberes fraudulentos. Excomunión de la pedantería, destierro de la gravedda, color local cambiante a tono con sus obsesiones errátiles, egotismo del antiego, cachondeos del goliardo que hace la alquimia de la delicadeza con los ingredientes fecales del lenguaje".
-dos-
Escribo sobre Claudio Bertoni como quien escribe sobre una ficción. De todos los poetas chilenos vivos es Bertoni el más enigmático, a pesar de ser, casi siempre el más transparente. Eso porque en su obra está la consistencia viscosa de la realidad, la exhibición sin pudor de sus temores, el hálito de un pasado y un presente cercano, el deseo como un feroz e imposible mandato, las imágenes desoladas o ridículas de la vida moderna, la memoria de los nimio, las canciones secretas que se esfumaron como viejos singles que duran tan sólo una temporada. Bertoni como una mitología en sí misma: un autor de culto imposiblemente escurridizo pero a la vez, terriblemente cercano, en ese límite donde la claridad de los sentidos sólo son la falsa alarma de algo que se esconde, que late a la vista de todo. La pasión que esconde la enfermedad. El deseo que esconde la iluminación. EL tumulto de la ciudad que esconde la soledad de los edificios vacíos de noche.
-tres-
“9/72”. “Salí a caminar /antes de que oscureciera. /Estuve casi una hora / sentado en la plaza Pedro de Valdivia./ Un perro color barquillo / se me acercó tímidamente /y me lamío la mano, /yo le hice cariño /y se tendió /a mi lado. /Minutos después / lo despertó una sirena de incendios, / caminó despacio hasta el pasto /y se tendió de nuevo. / Calculé /que se hubiera dormido, /me levanté con cautela /y me fui”
-cuatro-
Hablo con Bertoni de Con-Cón. Es agosto o septiembre del 2004. Hace frío. Ha dejado de llover. Bertoni vive en Con-Cón desde 1976, el año en que llegó de Europa. Con-cón es la patria de Bertoni, una patria pequeña y cómoda y cercana: un balneario en temporada baja, un balneario silencioso que conoce de memoria. Bertoni entonces habla de los edificios gigantescos, obcenos que están instalados en el camino a su casa, edificios como hoteles de nuevo rico, pienso enclavados en las dunas. Bertoni comenta la agresividad de las construcciones, la violencia con que se instalan el paisaje. Tiene razón. Son impresentables. Luego se refiere al efecto que provocan en el habitante, en la desolación, en la ira de ver como la soledad se transforma, en cómo el paisaje cambia para ser devastado, en los efectos que eso provoca. No deja de tener razón, pienso, pero lo que dice, el cómo lo dice me vuelve a la cabeza meses después, cuando un adolescente de Reñaca es asesinado por un chico de una población a metros de un Santa Isabel. Pienso en Bertoni y la ira: en el paisaje como una feria de horrores, en Viña, en Reñaca como sitios a punto de explotar. Luego anochece.
-cinco-
La patria como una fuente de soda. “La fuente de soda me parecía una iglesia, un lugar de tranquilidad porque yo llevo una vida muy sola y no es una maldición sino una elección. Y en la fuente de soda puedo estar tranquilo. Hay hueveo, por supuesto, pero tú estás como escondido. Y es importante en qué barrio, en que fuente de soda estás. Yo dejé de ir. No me di cuenta cómo pero era un lugar. También me pasa con las micros pero ahora hay demasiadas. Antes había sólo una y yo cachaba cosas que nadie cacha. Iba rodeado de diez huevones y los miro y para mí estaba impeque y me gustaba el chofer y me gustaba la velocidad de la micro. Es el único sentido de una palabra que hallo huevona y ridícula y que es “patria”. Ese es el sentido de patria que tengo, de mismo modo que lo tengo en Ñuñoa. Así que voy por la calle ahí y sé cómo es mi gente. Así como sé que no es mi gente huevones con los que me cruzó aquí cuando voy para allá. Es una realidad, no es una huevá y para mí eso es importante. Y eso tiene que ver con las fuentes de soda”.
-seis-
Mitología Bertoni, historias Bertoni, planeta Bertoni. Que jugó al ping pong con Henry Miller. Que fue uno de los primeros hippies chilenos. Integró la mítica Tribu No, desde donde salió también Cecilia Vicuña, novia suya y actual crédito chileno en el arte norteamericano. Que dio vueltas por Estados Unidos y Europa. Que en Devon -Inglaterra- donde estuvo por algún tiempo hizo de actor en películas experimentales. En una hacía de exhibicionista. En otra lo mordía un vampiro o él era el vampiro. Que en Londres, en una librería inmensa descubrió un cuarto lleno de libros tipo “La Nueva Novela” de Juan Luis Martínez, libros experimentales que traían hasta calcetines dentro. Que leyó a Bukowski en los 70, cuando tenía fama de poeta. Que se juntó con gente de Fluxus. Que publicó un primer libro -“El cansador intrabajable”- en Inglaterra. Que se radicó en 1976 en Con Cón y de ahí no ha salido. Que es un experto en fotografiar desnudos. Que es una especie de santón a medio camino entre la lujuria y la iluminación. Que es tal vez el poeta chileno vivo más leído por la gente que no lee poesía. Que puede saltar indistintamente de la poesía a la foto y de la foto a los objetos visuales. Que Roberto Bolaño lo recordaba como una especie de cachurero. Que le sopló a Enrique Lihn el nombre de Alice Cooper cuando redactaba un artículo sobre Bolaño. Que polemizó con Las Ultima Noticias a raíz de la teleserie Hippie. Que en 1998 sufrió un ataque de migrañas, de pánico, una crisis que lo descolocó al punto de romper su vida en pedazos. Que volvió de esa crisis con “Harakiri” un libro de poesía de 300 páginas donde escribía sobre eso como si fueran las notas para una novela demoledora, terrible sobre la enfermedad y la muerte. Que escribió “Jóvenes Buenas Mozas”, un pequeño libro sobre chicas y que es una especie de objeto de culto, agotado y agitado. Que escribe en The Clinic regularmente crónicas o ensayos que no son ni uno ni lo otro sino pequeños diarios, anotaciones al azar. Que perdió un libro completo en alguna parte. Que es un erudito en música negra, en jazz y soul. Que entiende todos los chistes internos de la obra de Parra o sea que sabe cuando el viejo Nicanor hace trampa y cuando está jugando limpio. Que con la Tribu No eran adelantados o extraterrestres que le dedicaban los happenings a los Panteras Negras. Que se llevaba bien con Lihn, que le escribió de manera desinterada textos sobre su obra. Bertoni recuerda una vez que le fue a pedir unas líneas y salió con dos o tres páginas de comentarios. Que tocó música rock. Que en cierto modo es un sobreviviente de sí mismo. Que fotografió -con Mariana Matthews- los libros objetos de Gonzalo Rojas, libros perfectos que no le hacen honor al poeta aspiracional y de repertorio que es Rojas. De hecho son mejores las fotos que los poemas. Esos libros que intercalan diversos tipos de papeles y texturas. Ahí Bertoni coloca fotos de desnudos pero también tomas de escombros de Con-Cón, de árboles secos, de plantas muertas, de los espacios de la muerte o el sexo entendidos ya no como Rojas sino como Bertoni, en esa pasión microclimática que suspenden el tiempo y lo fijan e iluminan momentos imposibles de ser iluminados. Que ya no escribe sino que se graba: cintas donde su voz toma notas, dice epigramas, construye de a poco un diario de vida o una biografía o el relato detallado de qué le pasa. Que vive a medio camino entre Con Cón y Ñuñoa, en una suerte de espacio intermedio donde se vuelve invisible y es sólo un fantasma para sus fans que lo siguen tal y como se sigue a un songwriter que saca un disco cada año y Bertoni saca un libro cada año y ese libro funciona, se lee, se comenta y desaparece de las librerías porque sí, es casi imposible encontrar libros de Bertoni anteriores al de este año.
-siete-
Un libro perdido o dos libros perdidos. Partes de un trabajo mayor. Manuscritos robados que quizás quien tenga: “uno que trataba sobre el tamaño del átomo y otro sobre 15 niñitos muertos de la época de los nazis.Unos mujeres los tomaban en brazos, al principio los cabritos se rebelaban un poco, pero luego se acomodaban y ellas los tomaban y a ti te daba la impresión de que los iban a depositar en una cuna o una tina de agua tibiecita, pero en vez de eso los llevaban a una horca y los ahorcaban”.
-ocho-
Cómo conseguri chicas. Bertoni es tal vez el poeta chileno más lascivo de nuestro frágil presente. Pero es una lujuria en cierto modo zen: el deseo como un camino a la iluminación. Un paisaje. Una forma de contemplación. Escribir sobre Bertoni y las mujeres es hablar de un territorio inmenso, irresoluto. “Vivir es ver mujeres” dice uno de los poemas de “Jóvenes Buenas Mozas” y en cierto modo sintetiza el espíritu del voyeur, una suerte de coleccionismo de momentos, de imáganes, de flashes anhelantes que sólo es posible en la fotografía y la literatura. Y Bertoni, ya lo sabemos, es fotógrafo y poeta. Y las dos cosas -el mecanismo de escribir con la luz, o sea con la nada, con pedazos del vacío y el mecanismo de escribir desde la mentira, la falsesad, el fingimiento- se intercalen. O sea: las fotos de Bertoni son poemas y sus poemas son fotos. Comparten la misma clase de concisión, el mismo tono desprotegido, la misma ansiedad devoradora del deseo. De este modo, no es accidental que el único punto de fuga, la única vía de escape de el demoledor “Harakiri” (aparte del poema final) sea la sección dedicada a las mujeres. O que, en cierto, modo en el catálogo de “Bertoni en el Museo” se cuelen en medio del erotismo casi transparente de sus desnudos algunas gotas de humor o desolación: la toma del Capitán Cavernícola blandiendo una maza en la tele debajo del pubis de la mujer desnuda; o el autorretrato del final, que no parece importar demasiado pero que le da sentido al libro si uno lo lee intenta leer sus tramas secretas. Ahí, sentado en su pieza, Bertoni se fotografía en blanco y negro, diez, quince años después de que ha sacado las fotos su modelo/novia. Las fotos están a color, predominan los rojos, predomina las superficies naranjas, los culos perfectos, las imágenes de vientres como planicies a conquistar o conquistadas. En el autorretrato está lo contrario: el paso del tiempo, el vacío y la ausencia. Es el agujero que el mismo libro propone, la soledad que viene después del coito. Es demoledora esa foto de Bertoni porque aparece a la intemperie, solo, esperando algo que no llega. Contemplando desde el otro lado -el del que saca la foto, el de un presente en b/n frente a un pasado a colores- está Bertoni. Y no es un fenómeno azaroso, porque ese mecanismo es una pequeña trampa o cita que aparece en el texto y lo revierte todo, casi como un final sorpresa o como un clímax que hace subir y bajar al lector por los meandros el texto, también está en “Harakiri” y en “Sentado en la cuneta”. Y no es un mal truco, porque en el fondo lo que hace Bertoni es darnos la vía de escape para sus textos, hacernos apreciar los movimientos que realiza para salvarse y salvar de paso al lector. O sea: un in crescendo que se corta o explota y se lanza al vacío. De ahí el gusto de Bertoni, la cita de la que nadie se ha hecho cargo, en su gusto por el soul. Porque en cierto modo es fácil intentar explicaciones desde la teoría posmo finisecular, establecer ficciones desde el campo del arte o desde la crítica literaria pura y dura. Pero es ese gusto por la música negra lo que ata todo lo demás. Así, basta pensar en Bertoni como uno piensa en “The Comminments”, la banda y los protagonistas de esa vieja película de Alan Parker sobre una banda de soul irlandesa que vive y muere en el suburbio pero que se comprende a sí misma como negros: el lugar más bajo de la cadena de producción, los habitantes de la miseria del hombre -esa de la Gonzalo Rojas tanto parlotea-, el getto como un espacio físico intercambiable, como patria común.
-nueve-
Bluesville. “Para mí la historia de la música es súper simple. Lo que me pasó es digno de una película norteamericana ridícula. Ramón Carnicer vivía en un quinto piso. Yo sé que tenía menos de cinco años porque de ese edificio me fui a los cinco años. Pero me acuerdo que pasaban unas bandas y venía adelante uno tocando un xilófono plateado y eso me fascinaba. Recuerdo que pedí una xilófono y me regalaron uno cuadradito y quedé frustrado porque lo que quería era el plateado pero no importa ahora porque es la música lo que me funcionó. Yo escuchaba a Renato Carozone, que parece que ahora los Pettinellis lo pusieron en una canción. Y había un disco de Los Cuatro Ases, que era un grupo totalmente huevón pero que era famoso en los años 50 y que se tocaba “La chica con el zapato amarillo” y había una parte en que el grupo dejaba de cantar y el baterista tocaba solo con las plumillas un segundo más de lo normal. Y a mí eso me supercalentaba y me llenaba el hocico hablando de eso. Y un día un amigo que se llamaba Ricardo Plaza me llevó a su casa y para que me quedara callado puso un disco, que era “Basin Street Blues”, de Louis Amstrong. Amstrong ahí tocaba con Gene Krupa, que es un baterista blanco que ahí se manda un solo. Yo escuchaba una plumilla de veinte segundos y mi amigo me pone frente a un solo de cuatro minutos. Ese fue el jazz para mí. Tenía 14 años. Así que a mí Ray Charles canta una boleta de compraventa y me hace llorar”.
-diez-
En la cuneta. Porque en el fondo se trata de una cuestión de soul. O de funk. Bertoni como el verdadero padre funk de la culttra letrada nacional: un autor que en cierta medida se ilumina con el olor o el perfume de los dedos que han visitado el sexo femenino. En ese contexto, el erotismo que Bertoni promueve es un erotismo negro, una sexualidad soul, melómana que linda con la epifanía. No deja de ser un mérito. Bertoni supera en eso a Parra -para quien el sexo es un chiste o una broma, Parra más como Woody Allen y menos como Larry Flint- porque en el terreno de la exhibición erótica prefiere el candor al cinismo, la esperanza a la intelectualización. Los poemas de Bertoni se vuelven en ese punto tan diáfanos que llegan a esconder todos sus trucos para no hacerlos aparecer jamás. Basta pensar en “Sentado en la cuneta”: un viejo racconto del barrio -su Brooklyn paraticular- donde una larga lista de conocidos se encadena en la memoria. Ahí, Bertoni recuerda de manera evanescente y nocturna una larga galería de personajes pero también sugiere un modo de hacer memoria: escribir sobre lo mínimo, sobre el rumor y la soledad, como si se hablara de un pasado al que es imposible de volver jamás. Es en cierta medida una canción soul, a pesar de que cite directamente a Doris Day. Un poemario sobre el lamento, los dardos del recuerdo lanzados sobre las habitaciones vacías que en la mente o en el poema aún aparecen llenas, pobladas y vivas. Por supuesto, es un recuerdo sin compasión. Descarnado. “Sentado en la cuneta” hace el camino inverso a la obra beatnik, promueve al poema como una nota al pie antes que un atletismo redentor y confugura una obra suburbana donde no importa el viaje o el aprendizaje sino las señales de la memoria como caminos o faro que permitan recordar un mundo perdido. Ese mundo, por supuesto, es una canción, es música: a ratos un lamento, a ratos un síncope, a ratos lírico, casi siempre terrestre. Objeto soul, “Sentado en la cuneta” propone zonas que se desenmarcan del camino conceptual de la poesía chilena y se interna en en cronismo cansado de una época perdida. Bertoni recuerda: recuerda los escenarios felices y los juegos de la crueldad, recuerda los cuerpos y quienes los poseyeron, recuerda los rincones y los jardines. Es en cierto modo un mundo anterior a la cultura letrada, pretérito del universo de la poesía. La memoria como un relato discontinuo, extraño, un laberinto que Bertoni desenrreda casi como si no lo quisiera, al vuelo, preocupado en el fondo de otras cosas. Pero el poder del recuerdo le pega en la cara, es casi insoportable y vívido. Intenso en una densidad que sólo es posible si el texto deja de hacer efectos especiales y se sumerge en la zona muda de las imágenes que están a punto de perderse. O sea: leo “Sentado en la cuneta” y comprendo el universo de Bertoni más que con cualquier otro libro. Es su momento Motown, su Atlantic City. Es esa misma zona donde Sam Cooke canta o James Brown salta. Donde Tina aún no se ha separado de Ike. Es el final de los cincuenta y ahí reina una estática que la literatura chilena jamás ha narrado con demasiada eficacia: el mundo de la esquina, el mundo donde la ciudad es imposible de comprender y la vista se encarga de descifrar a partir de lo mínimo, de las señales de tiza en el suelo, los pelotazos y el polvo y las marcas de auto y todo los detalles inútiles que la memoria puede abordar, detalles imbéciles o nimios pero que son en cuyo interior radica el fondo de las cosas.
-once-
Dolor. “Yo creo que nada puede curar el dolor. Lo que realmente lo puede curar es lo que se alude por algunas personas cuando se habla de Dios. Si escuchas a Ernesto Cardenal, a los místicos te das cuenta de que la experiencia de Dios no se puede transmitir. Por eso que los textos de los místicos son en realidad unos disparates inconmensurables, porque la teología, para mi gusto no tiene nada que decir acerca de eso porque la teología es Dios a través de la razón y eso en sí mismo es una contradicción. O sea la razón no le entra a Dios por ninguna parte y para mí es una huevada super simple: es una huevada de necesidad. A mí el año 1998 me pasó una cosa super fuerte en la cabeza y una manera de explicarlo es como una sensación de desamparo innarrable y el único alivio que podría tener sería la existencia de un ser el que por supuesto si vino o creó el mundo no puede ser porque dejó aquí una casa de puta tan terrible que no veo por donde. Pero el hambre, la urgencia, el deseo de eso sin duda está y también están sentimientos que están unidos a la música, que es lo único que puedo relacionar con los estados extáticos de los que hablan los místicos y que es un sentimiento de estar absolutamente desbordado por un estado que no sabís que chucha es pero que cachas que es grandioso y eso es lo que ha sido mencionado por algunas personas en algunas religiones.Hay un verso de parra que yo creo absolutamente cierto que dice que imposible superar la página en blanco. Witgenstein dice la misma huevá, pero aparte de eso creo que así es la vida. Uno escribe y uno se defiende. Yo tengo una relación de necesidad con la escritura: yo escribo para aliviarme. Lo logro en una medida que nunca es total. Hay un libro de Cardenal sobre cuando él estuvo en un monasterio donde era abad el cura Merton entonces dice que todos los amores, su mujer Miriam, lo que para el pintor es la pintura, lo que para el narcotraficante es la droga, son reflejos del amor de Dios. Por eso siempre uno está insatisfecho, por eso nunca uno está tranquilo con una mina, o un pintor con lo que pinta porque son reflejos, son sucedáneos y Dios es la maldita huevá que soluciona esa huevá”.
-doce-
Versos. “ni siquiera puedo recogerme en la muerte/ de un pájaro al que tanto admiro como el tiuque/ pero trato”; “no estoy en el poder/ estoy subiendo a una micro”; "no tengo alma/ tengo un completo/ y mi salchicha/ está muy cansada".
-trece-
Dolor. Hablo con un amigo por teléfono sobre Robert Crumb. Crumb, un viejo dibujante yanqui obseso con el jazz de los años 30, las perversiones sexuales y las iluminaciones fallidas de la década de los 60, de la cual es sobreviviente. Recuerdo a Crumb. Flaco, espigado, de bigote, una especie de patriarca under. Un amante de un tiempo que ya pasó, que se coloca a sí mismo como personaje de su obra. Las feministas lo odian. Mi amigo, a propósito de los cómics de Crumb, me pregunta por el amor moderno a las cosas feas. Conversamos con mi amigo un rato sobre eso: los dibujos de Crumb son feos y sucios, caricaturas que ejercen cierto tipo de cronismo, historias que han envejecido, que se han envilecido. No es agradable leer a Crumb, del mismo modo que no es agradable leer, por ejemplo “Harakiri” de Claudio Bertoni, que posee la misma sensación de vejez y muerte, la misma idea de que la sobrevivencia es fútil de que el arte no sirve de nada, de que el deseo carcome hasta desfigurar el alma, de que la verdadera metafísica es siempre una poesía de la derrota, de las arrugas, de la herrumbre. Mi amigo me pregunta por qué amamos las cosas feas. Por qué leemos y seguimos a Crumb, a Bertoni, por qué nos concentramos en esos signos que no irradian nada más que desolación. Pienso en “Harakiri” y no me queda una respuesta clara. A Bertoni le explotó la cabeza en 1998. Una crisis de pánico que casi lo mandó a otro lado. Migrañas. Una sensación de dolor y de fragilidad tal que rompió su mundo en pedazos pequeños que le llevó años recomponer. El testimonio de eso está “Harakiri”, donde se pasea por la experiencia del dolor y de la muerte. Testimonio de su propio crack-up, “Harakiri” es un poemaria hipertrofiado y gigantesco. Una obra mayor que no tiene miedo en convertirse en una especie de espacio tumoral donde no hay salida para el lector: un tour de force que justifica y explica el mito Bertoni. A medio camino entre la paradoja zen y el chiste, entre la cita pop y el lamento, el texto traza la orilla opuesta de su propia escritura. La obcenidad alegre es combatida por la certeza de la muerte y la imbecilidad -esa sensación de un aforismo o un chiste que lo desarma todo- es la única salvación contra el dolor. Pienso en una imagen: los televisores de los buses interprovinciales de Tur Bus, algo llamado Tur Tv, que desde hace más o menos un mes atrás exhiben una colección de programas que repiten grabaciones caseras de desastres de todo tipo. Las personas que han tomado un Tur Bus en las últimas semanas saben de lo que hablo: accidentes caseros, persecuciones policiales, choques, tornados, casas en llamas, incendios, jinetes pisados por caballos, una larga lista de bodas donde algo sale mal, paracaidistas que no pueden abrir el paracaídas, volcamientos, inundaciones, tejados arrastrados por el viento, palmeras dobladas como juncos por un tornado y un largo etcétera de devastación, estupidez humana y mala suerte. Lo extraño es que ciertos pasajeros no dejan de mirar las cintas. Algunos, incluso ríen. Las dirfrutan. Yo prefiero dormir o concentrarme en un libro. O mirar el paisaje. En cierta medida es una imagen monstruosa, la misma escena en que concluye “Tesis” de Amenábar: los pacientes de un hospital con los ojos abiertos perdidos en la tele, listos para zamparse tomas de una snuff movie. Zombies vivos. La cara de esos pasajeros es la misma, el rictus expectante, los audífonos puestos, felices de disfrutar la desgracia ajena. A ratos, cuando vuelvo tarde y ya ha oscurecido y no puedo leer o dormir todo eso me parece un film de terror. O una escena, por lo menos. Algo que me recuerda cualquiera de las novelas de Chuck Palanhiuk, la idea de que en esas imágenes de destrucción hay una enfermedad profundamente adictiva, creativa en cierto modo. Pero también los libros de Bertoni: su permanente fuga hacia otro lado. Es la fealdad de la realidad, que cobra cierto sentido. En “Videodrome”, James Wood se enfrenta a la pregunta -de ci/fi, profundamente real a la vez- sobre si son las imágenes violentas de la televisión las que causan tumores cerebrales o si esos tumores obligan al espectador a ver imágenes violentas. Es una pregunta que no se responde, pero Cronenberg lo soluciona con otra imagen: Wood, alucinando se saca del estómago -al cual se le ha abierto una herida que parece una vagina, ya sabemos de qué va Cronenberg- una cinta de video que, no podía, ser menos tiene dientes y está viva. Bertoni, en “Harakiri” se enfrenta a sus propias cintas de video asesinas y sale vivo. El resultado se parece a esos comics autobiográficos de Crumb: no deja títere con cabeza, elige estar del otro lado, con los perdedores, en ese extraño Chile que habita sólo él y que ha sabido apartar del mundo. Pienso en el precio que tiene que haber pagado, un precio inmenso que sólo él conoce y del que “Harakiri” es una especie de factura o de boleta de compra, donde no hay derecho a devolución o premio sorpresa, sólo el dolor como una bolsa de pan o como un libro, un objeto pequeño capaz de destruir un mundo. O salvarlo.
-y catorce -
Hoy. “Este presente me parece más amable por una razón súper simple. Ciryl Connolly dice que ‘el otoño es la primavera del espíritu’. Para mí es así. Yo había perdido mi otoño. Miraba esas luces amarillas cristalinas de afuera, que antes me hacían llorar y no veía nada. Estaba destrozado por el dolor. Y de repente hace unos meses se acabó y sentí que el otoño volvía a ser el otoño. Y no me quiero ni mover ni pestañear para no perdérmelo”